Que nadie te obligue a perdonar

Hace unas semanas, en una sesión de terapia, una clienta me dijo: «estoy enfadada con mis padres por cómo me educaron. Creía que los había perdonado, pero ahora veo que no es así.»

Indagando un poco más en su respuesta, me contó que una de sus antiguas terapeutas la había animado a trabajar el perdón. Tenía que perdonar a sus padres para sentirse en paz consigo misma.

Algo parecido es lo que aseguramos frente a las criaturas: «venga, no llores y perdónale. Que no pasa nada.»

Y sí que pasa.

Cuando una figura de autoridad te indica que lo adecuado es absolver de culpas, lo haces. Pero lo haces desde la cabeza, desde el pensamiento.

Disculpas porque, según dicen, estar enfadada u odiar a alguien te daña a ti misma o al otro.

Cuando eres una niña, eso es lo que te enseñan tus padres o tutores. Cuando eres adulta, algunas de tus terapeutas o recursos de autoayuda insisten en lo mismo.

En definitiva, en nuestra cultura, dispensar las ofensas de los demás es casi obligatorio. Pero, ¿realmente debería ser imprescindible?

Por el tono del artículo y el título del mismo, seguro que puedes intuir mi opinión al respecto.

No. No tienes que perdonar a tus padres (o a cualquiera que te haya hecho daño) si no lo sientes.

Y esto es lo importante: si no lo sientes. Porque si tu corazón te indica que no hay ningún resquemor, genial. Es cierto que se vive en paz cuando sueltas la molestia con esa persona.

No obstante, si tu emoción es diferente, al perdonarla de cabeza o por obligación, estarás negando tu sentimiento.

Vamos a por un ejemplo, que siempre lo aclara todo. Como tengo una tendencia narcisista bastante marcada, voy a usar una historia propia.

He hablado mucho de mi padre biológico en esta web. Sin embargo, pocas veces ha salido papi, mi padrastro, el hombre con el que me crié y que representó mi figura paterna durante 10 años.

Papi no fue un hombre cariñoso como yo necesitaba. Demasiado a menudo, me trataba mal. Me gritaba; me amenazaba con que nunca iba a tener amigos; se burlaba de mí por estar apegada a mi madre; me sentaba durante horas delante de un plato de hígado encebollado (no me extraña que haya acabado siendo vegetariana); me humilló frente a otras personas; e incluso, en una ocasión, me pegó una bofetada.

Cuando llegué a la adolescencia, sentí que no merecía ser tratado como un padre por mi parte. Así que empecé a llamarlo por su nombre de pila. Lo odiaba.

Aunque dejamos de vivir juntos, seguí odiándolo durante muchos años. Cuando él aparecía en la conversación, no podía evitar hablar mal de él y manifestar que era la peor persona del mundo.

El odio surgía de mi profundo enfado hacia él. La niña que fui quería encontrar un padre amoroso que la quisiera, que cuidara de ella, que la sostuviera. Al tener lo contrario, mi herida infantil gritaba de rabia.

Cuando me inicié en el desarrollo personal, este fue uno de los primeros «temas» que traté. Le escribí una carta. En esa carta le conté todo lo que él había hecho, cómo me había hecho sentir, y cómo me había influido (tanto para bien como para mal).

Al final del escrito, como acto de reparación por sus hechos, le pedí que me ayudara a sentir el abrazo de un padre.

Leí esa nota frente a su tumba. Al terminar, cerré el ritual escribiendo «te quiero, te perdono» con agua azucarada en el sobre.

Un amigo con el corazón muy grande me acompañó y observó unos pasos más allá. Cuando todo acabó, me reconfortó con un abrazo de oso mientras me susurraba que había sido muy valiente.

Ese ritual me liberó porque me permitió expresar todo mi enfado y pedir una compensación simbólica por todo el daño que había recibido en mi infancia y preadolescencia.

Y, a la vez, me permitió observar otra realidad que yo había negado: papi también me habá cuidado. A su manera, como a él lo habían criado siendo niño.

Al cabo de unas semanas, un día reconocí que ya no había rencor en mí. Papi ya no era la persona más odiosa del mundo. Se había convertido en un ser humano con una profunda herida abierta. Fue desde esa herida que lastimó a los que lo rodeábamos.

Por fin, le perdoné sinceramente.

Me he extendido bastante con el ejemplo. Pero ahora viene la moraleja, lo que tú, si lo sientes y te apetece, puedes aplicar en tu vida.

Para mí, estos son los pasos que te permiten sentir el perdón desde el corazón.

1. Dar un lugar a la emoción

Esa emoción de enfado, tristeza o miedo es lo que hay en tu herida infantil. O lo que siente tu niña interna, como quieras llamarle.

Si te obligas a perdonar y lo haces desde tu cabeza, estarás negando la emoción que hay en tu interior.

Y, como he explicado en anteriores ocasiones, un sentimiento reprimido solo genera más dolor.

2. Expresar el sentimiento

Esto puede hacerse de múltiples maneras. Yo lo hice mediante una carta, porque entonces todavía no sabía que podía soltarla con el cuerpo.

Otra forma de conseguirlo es en un entorno terapéutico, con un/a terapeuta que te permita sentir el dolor de la criatura que fuiste.

Y, para ello, es importante que esa persona se haya concedido revivir su propia herida.

3. Si lo sientes, considera lo positivo de esa experiencia o relación

Y, de nuevo, remarco que es importante experimentarlo. Desde la adultez, todas entendemos (con la cabeza) que las personas lo hacemos como buenamente podemos.

No es eso. Se trata de percibir que esa persona o situación, de verdad, te ha traído cosas buenas en la vida.

Te explico lo que yo puse en la carta, a modo de ejemplo.

Que papi estuviera en mi vida provocó que:

  • yo creciera en una casa rural, rodeada de bosque y animales
  • disfrutara aprendiendo los países del mundo y sus capitales gracias al juego que inventó para ello
  • me prometiera a mí misma buscar una pareja que estuviera en consonancia con mi sistema de valores
  • salvó mi vida el verano en el que nuestro bosque se incendió, llevándome a un lugar donde las llamas no me alcanzaron
  • me convirtiera en la persona que soy

4. Si quieres, pide una compensación por el daño

De esta forma, abres una puerta a que él o ella reparen el dolor causado. Y, así, tú obtengas lo que tu niña necesitó.

Yo pedí el abrazo de un padre amoroso. En su momento, creí que envolverme en los brazos de mi amigo había sido suficiente. Unos meses más tarde, en un taller intensivo de danzaterapia, encontré el verdadero cariño que anhelaba gracias a un hermoso y fuerte árbol.

A partir de ahí, se inició el proceso de sanación por la muerte de papá (el biológico).

5. No desestimes el poder de un ritual

Si va con tu forma de ser, transita estos pasos con una especie de ceremonia inventada por ti. En los ritos, no importan las acciones concretas. Lo esencial es que creas en su poder, que tengas fe en que eso va a ayudarte.

Yo escribí una carta, la leí en su tumba; para endulzar el final, puse por escrito lo que sentía en el momento con agua azucarada, y pedí el abrazo de un amigo. Creía en eso.

Si tú confías en otra cosa, haz otra.

6. Deja que la vida te sorprenda

A veces, la reparación y/o el perdón no llegaran de forma inmediata. En otras ocasiones, no se alcanzará nunca (y si no se consigue es porque en algún momento dejará de ser importante para ti).

Por mi experiencia y la de mis clientas, lo primero que se vive es una gran liberación. Cuando termina «la ceremonia», sientes que te has quitado un gran peso de encima.

Si tú vives otro tipo de sensación, también es válida. No te obligues a sentirte libre de cargas. Recuerda que tus emociones son las importantes.

Con el paso del tiempo, algo cambiará. Quizá, por primera vez, notas el perdón desde el corazón. O quizá tu herida ya no escuece tanto. O quizá te permites la libertad de ser como tú quieras.

7. Un recurso más para seguir investigando

Unos años más tarde de vivir la experiencia que te he contado hoy, descubrí una autora que había resaltado la importancia de revivir las emociones difíciles en relación a los padres.

Se llama Alice Miller y tiene varios libros en los que explica por qué es importante no tapar las vivencias de tu herida infantil con el perdón mental.

Este es mini resumen de sus ideas con mis propias palabras. Pero, si este artículo ha removido algo en ti, te recomiendo la lectura de El cuerpo nunca miente para adentrarte en su filosofía.

 

En conclusión, si solo puedes quedarte con un mensaje de todo el artículo, quédate con este:

No te obligues a compadecerte de aquellos que te dañaron. Permítete sentir el dolor emocional y, si tiene que llegar, el perdón te alcanzará de forma natural.

El único camino para estar en paz contigo misma es darte el permiso para vivir todas tus emociones, sin controlarlas ni juzgarlas.

Si sientes que necesitas ayuda, puedo acompañarte.

Ahora, me gustaría conocer tu experiencia. ¿Cómo has trabajado el perdón en tu vida? ¿Hay alguien a quien quieras perdonar? ¿Crees que hay algún sentimiento que necesites trabajar antes? ¿Cómo te ha removido este artículo?

Si te apetece seguir indagando en ti, en tu cuerpo y emociones, te espero en la lista de suscriptoras.

8 comentarios
  1. Macarena
    Macarena Dice:

    Me encantó la forma en que presentas un sentimiento tan legítimo que muchas veces reprimimos y hasta nos sentimos culpables de sentir. Hasta antes de leer tu artículo, siempre creí que era yo el problema por no poder perdonar. Desde mi propia experiencia puedo decir que me ha costado mucho perdonar a una persona que me abandonó junto a mi hija, ya han pasado 4 años y a pesar que el dolor no es tan intenso como al principio, hay veces que viene a mi mente y me doy cuenta que no lo he perdonado totalmente y créeme que lo he intentado.
    Gracias por mostrar este concepto del perdón desde otra perspectiva…una perspectiva más genuina. Nos enseñan muchas veces a perdonar, pero no nos enseñan a como hacerlo, ni mucho menos a hacerlo desde el corazón.

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  2. Verónica
    Verónica Dice:

    Hola, me ha encantado tu artículo. Comparto tu perspectiva sobre el perdón. Y eres muy valiente por compartir cosas tan personales. Me sentí identificada. Un abrazo.

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  3. Vale
    Vale Dice:

    Gracias Nuria por este post, es excelente y para releer. Pensaba que había perdonado, pero muchas veces siento que el enojo vuelve… Es evidente que, como tu bien dices, estoy tapando los sentimientos y he usado el plano mental más que nada.
    Este post me trae alivio.
    Abrazo! Vale

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  4. Sonia Carolina
    Sonia Carolina Dice:

    MARAVILLOSO este tema que compartes con nosotros y, especialmente, necesario en un mundo en donde el Perdón está más vinculado al «deber ser» que a un PROCESO PSICOLÓGICO (emocional), en donde la LIBERTAD de otorgar el PERDÓN y las múltiples formas de otorgarlo, permitirán trascender la ofensa y/o el daño.

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  5. laura
    laura Dice:

    Gracias por este artículo. A veces, el daño es tan fuerte que no puedes perdonar y, a la vez, te sientes culpable ya que «se supone» que tenemos que hacerlo. Creo que la corriente actual de Pensamiento Positivo obliga a tapar emociones, no a sanarlas. Gracias de nuevo Nuria por todos tus artículos.Saludos.

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  6. mabel
    mabel Dice:

    hola, me encanto el tema que compartes con nosotros, me encanto la forma en la que expresas los sentimiento ya que en ocasiones nos sentimos reprimidos o con un sentimiento de culpa, mediante el cual no es fácil perdonar, cuando depositamos la confianza en alguien y nos fallan. Gracias por mostrar estos términos del perdón desde otra perspectiva, la libertad de otorgar el perdón.

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  7. mabel
    mabel Dice:

    Hola,me encanto el tema que compartes con nosotros ,es increíble la forma que expresas de los sentimientos, ya que en ocasiones nos sentimos reprimido o con sentimientos de culpa, lo cual no e fácil perdonar cuando depositamos la confianza y nos fallan. Gracias por mostrar el concepto de perdón desde otra perspectiva.

    Responder

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